Fue una caja acústica quien presenció la mezcla de notas resonando de gargantas, mesas con luz de vela, un escenario encendido por guitarras y voces inolvidables. Su puerta aleja el bullicio de una juventud masiva, intolerante e inconsciente. Cuelgan de paredes décadas, maestros de melodías o de páginas eternas.
En una de las mesas de la esquina oscura para que no sea interrumpida su soledad de años y a alaridos del corazón sin detenerse a afinar, canta una mujer con ojos cerrados, un café ya frio y su compañera de vida: el recuento de las letras que acompañan sus noches de abril. Esquina opuesta, una joven por veces niña y un joven por veces hombre, por veces rockeros clásicos y por veces trovadores se sentaron; a los dos les han dicho raros más de alguna vez, pero son felices en su mundo; se les ve ocupados pensando cada cual por su lado; cuando juntan miradas ríen, él sabe y ella sabe: piensan juntos cosas “raras”; compañeros de vida imposibilitados de amar se volvieron cómplices en la misma; llegaron de casualidad, como fue así su concepción, su vida y su unión, a presenciar la noche del sábado acabarse en la caja. Se ve en la mesa del centro una familia curiosa de visitar un lugar bien mencionado, “Te relaja, es otra onda…” que con ojitos pelados son testigos de cuanta pasión jamás imaginaron encontrar por tonadas forzadas de un instrumento de madera, cuerdas y artistas del alma; así como ellos, unos cuantos más que denotan sus personajes de turistas por los bajos mundos del sentimiento con café se encuentran. Se ha llenado el salón, no hacen falta personajes para llenar una hora de los espectadores de la vida.
Ellos dos llegaron tarde y caminan directo a la primera mesa frente a las canciones vivas. Son los clientes más fieles de la caja acústica. Agendado en el corazón se encuentra el encuentro; no fallan y uno de ellos acabará la vida entre ese mundo, viajando al delirio de su pasión: su música. Ella de cabellos rizados, largos y negros como agraciada su presencia de ángel; su piel canela como nacida en noche de verano; su forma esbelta y perfecta como retrato de un pintor enamorado de una musa casi inhumana; viste sandalias, vestido largo casi tan negro como sus cabellos contrastando con su bufanda de colores vivos. Él con rostro de erudito, por olor emana la sabiduría de los miles de libros que ha leído en su existencia; esbelto y alto; de tez blanca a veces transparente; zapatos de combatiente, pantalón de lona azul gastado, pulseras típicas en las muñecas y una camisa beige una talla más grande que la suya; una liga recoge en cola sus cabellos grises. Les separa una vida de vida, 30 años pasaron entre sus acontecimientos de nacimiento. Piden lo de siempre. Comienza la segunda parte de la función, los hacedores de música toman su regalo a la humanidad y cantan de nuevo. Él se sumerge desapareciendo el mundo, le palpita por el cuerpo el saber de sus años, aventuras, viajes, compañeros que no se encuentran más, noches interminables hablando con un vino, más café o una luna brillando. Ella es feliz, agradece con el corazón sobresaltado a los músicos, le regalan de nuevo como cada sábado a un hombre al cual en su estado no logra dejar de admirar; “Sí esa canción amor, Te amaré, te amaré lo que queda, te amaré cuando acabe de amar. Te amaré, te amaré si estoy muerto, te amaré el día siguiente además*1… te la dedico universo de mi cielo” piensa ella en silencio, fue esta su canción complot de sentimientos. Le ama más ahora que el día anterior. Mientras ella perdida en su amor y desvanecida de su existencia él encuentra que de pronto suena una canción que le atormenta y baja un momento breve al mundo No quiero más, que siga esta mentira, tu naciendo a la vida y a mi que se me va*2… sabe que no podrá jamás amarla, su gran amor desvaneció cuando ella apenas aprendía a andar. Le roba años sagrados de juventud. Le asombra ver la belleza que le acompaña, jamás había reconocido el rostro de ella cuando él se sumergía en sus recuerdos y es así como se da cuenta que es amado. Su rostro cambia, la música vuelva en su efecto a hacerle vibrar, él ha tomado una decisión. Esa noche la dejará.
Se acaba el sábado y a una minuto de comenzado el domingo, me levanto de la esquina perdida en pensamientos a la cual por casualidad fui a caer. Es hora de marchar. Saliendo a encontrarnos con el domingo recién nacido le comenté a mi cómplice de existencia: “Fui testigo de una historia de amor trágica: él no la ama por mantener su pasado parte de su futuro y ella no volverá amar en un futuro por su pasado.”
*1 Te amaré de Silvio Rodríguez
*2 Mírame Bien de Pablo Milanes
sábado, octubre 13, 2007
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1 comentarios:
esto me gusta... mucho.
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